Con el paso del tiempo, aprendí que preocuparse demasiado de las cosas no sirve. Mi vieja siempre me dijo: “no te preocupes, ocúpate”. Consejo que me ha seguido toda la vida, incluso ahora. Es claro, certero, pero no me gusta. No le encuentro la gracia. En fin.
El motivo principal para ponerle demasiada atención a un problema es sencillo, esperar que las cosas se tornen mejor. “Estoy preocupado porque el dólar bajó”, o sea, quiero que el dólar suba. Es sencillo. Tan sencillo que da miedo.
Anhelar parabienes nunca ha sido malo, pero estoy sintiendo que preocuparse no vale la pena, mucho menos cuando todo es tan desechable. Pasada la presión, te das cuenta que todo el estrés y toda el mal rato ya no sirve de nada.
Prefiero hacerle caso a Drexler, que, sabiamente, dice “I don’t worry about a thing, ’cause nothing’s gonna be alright”. Más que cierto. ¿Para qué preocuparse tanto, si, al final, nunca nada va a estar bien? Adaptar y transformar, no preocupar. Además, “la vida puede que no se ponga mucho mejor que esto”.






