Lo peor de todo es que, a ratos, siento que perdí el control. No hay nada como manejar en la dirección equivocada, esquivando baches, pero sabiendo que no vas a llegar a tu destino. Siempre me ha resultado complicado, nunca he trazado una ruta certera, pero siempre hay cosas que me guían. La gran gracia es darse cuenta que estoy dispersándome y cayendo de a poco.
Los caminos partieron juntos, ordenados y poco claros; pero ordenados al fin y al cabo. Ahora no sé. No tengo tiempo para detenerme y armar de nuevo. Quiero hacerlo, pero siento que no puedo, que no podré, que me está superando. Odio cuando las piezas las ordenan otros. Cuando los movimientos no los planeo yo. Cuando pareciera que no estoy siendo parte.
Estar en el borde es casi una costumbre, aprendí a equilibrarme en la cornisa. Y sí, quiero evitarlo, pero no es mi turno de jugar, mientras más me esfuerzo, menos me resulta. Las cosas no cambian mucho por estos lados. Ojalá y alguien se diera cuenta que el tablero está inclinado. Pero nadie le pone mucha atención a esta partida.
De a poco se recuperan las ideas, pero con el primer estornudo de la mañana siento que no tiene caso seguir tratando y es mejor resignarse y pensar en otra cosa. A esta historia le hace falta un deus ex machina grande, complejo y, valga la redundancia, inesperado. Es cosa de tiempo, supongo, siempre lo es.
Lo medular es no perder en la primera ronda y seguir con energía porque la segunda y la tercera son incluso más horrible.Aunque sea agotador, aunque a veces el sentimiento no acompañe, aunque a ratos parezca que no se puede seguir subiendo. Sigo esperando que los minutos me den las soluciones. Quizás por eso no me puedo dormir temprano.






