(Casi)

20 Noviembre 2008

calle

El día había comenzado igual que siempre, con las cosas cayendo por todos lados y los platos volando por mi cabeza. Era mitad de semana, jueves para ser específico, pero todavía se sentía como lunes. Esa sensación de comienzo y de un largo camino por delante llenaba mis pensamientos mientras trataba de despegarme de la cama. En este momento no logro entender cómo las cosas llegan a este extremo, me parece estúpido creer que hace sólo dos semanas todo era distinto. Todo es culpa de ella, de ella y de su imbécil falta de decisión. De ella y de su mal humor constante. De ella y de su poco criterio.

(Es largo, se lo advierto)

La casa parece vacía, pero todos sabemos que en realidad no es así. Los cuadros siguen inmóviles y sin querer que los toquen. Mientras la guerra se desata en esta casa, yo pretendo salir corriendo; tengo un día agitado, apestoso y nadie me lo va a empeorar. Es mi depresión, no la de ellos. Lo primero que veo al salir a la calle es una carta, no para mí, sino para una persona que paradójicamente no vive acá. La tomo, la arrugo y la tiro lejos, bueno, relativamente lejos. Mi paso es tranquilo, no tengo apuro de llegar a ningún lado, sólo necesitaba salir de la casa y encontrar cualquier espacio más libre, más tranquilo.

Sigo avanzando, los lugares parecen no tener sentido, está todo poco criterioso y las personas no parecen entender lo que me pasa. No los culpo, no es sencillo tratar de meterse en la mente de los demás y mucho menos tratar de entender lo que les pasa. Yo lo he intentado ¿sabes? Y muy pocas veces me ha resultado, de hecho, creo que sólo una vez funcionó y fue un verdadero fiasco, me terminé deprimiendo yo y las cosas se salieron un poco de control. Nada muy bueno que contar.

Unos cuantos pasos y llego al paradero, está vacío como de costumbre, no mucha gente vive por estos lados, es más, toda las personas prefieren caminar unos cuantos pasos e irse al otro paradero, donde pasan más micros, más seguidas, con mejores recorridos y con caras más sonrientes; la verdad yo nunca he querido eso y de verdad creo que esa es la razón por la que me quedo acá y no de flojo, como muchos otros piensan.

El autobús se acerca, el chofer tiene cara de malhumorado y la velocidad no se reduce; parece que voy a tener que pararme en medio de la calle. Arriba de la micro, el pasaje pagado, los asientos ocupados y la gente que mira con esa típica cara de 8 am., como de recién levantados, como de recién salidos de un sueño largo y placentero; pero que todavía no se dan cuenta que ya están en la realidad.

Los trayectos en autobús (casi) siempre son placenteros, uno puede relajarse, dormitar un poco, dejar salir los pensamientos que tiene guardados, hablar con el compañero del lado o simplemente recurrir al fiel amigo iPod, ponerse los audífonos y dejar el sonido del motor de lado. La calles pasan rápido, las personas ni siquiera se distingues y los paraderos son sólo pequeñas casitas donde la gente pretende pasar un segundo antes de subirse a otro de estos.

El mío es el siguiente, que alguien toque el timbre.

Siempre que me bajo de ese transporte odioso, siento que se me quedó algo arriba, es como esa sensación de entrar con dos piernas y salir con una; yo sé que no tiene mucho que ver y que quizás mi ejemplo es macabro, pero si vivieran lo que yo, seguramente lo entenderían. Paradero, gente, más gente y yo. Me dispongo a caminar, dejar de lado la “casita” y seguir mi camino hacia ningún lado. Creo que me queda bastante para llegar o como diría una canción que no conozco: “creo que nunca llegaré hacia donde voy yendo”.

Mientras camino suena Slow Hands de Interpol de fondo, ésa es una de las canciones de la vida, no sé si de la tuya, pero ciertamente de la mía. La cabeza gacha, los pasos cortos y apresurados, mi bolso que se golpea contra mi pierna y mi chaqueta que tiene los bolsillos rotos. Hoy iba a ser un día asqueroso y parece que no lo está siendo tanto. En esta ciudad las calles son infinitas, podría estar horas caminándolas sin llegar a ningún lado, aunque eso sea totalmente falso e irreal porque todos los espacios son un lado, ninguno es ninguno va a un no-lugar, sí, puede parecer enredado, pero en el fondo está todo dado. Muy complicado.

Las calles se empiezan a cruzar y las decisiones se multiplican a factor de 6. Las cuadras se hacen más largas y no puedo decidirme. Los autos me apuran, la luz está en verde y no queda otra alternativa, no sé si es la correcta, pero es la única que puedo elegir en este momento. Porque en rigor la vida es así, hay varias posibilidades, pero en un momento y lugar específico, nada puede hacerte dudar y requieres de soluciones rápidas e inmediatas, sean o no las correctas o las que de verdad querías tomar. Es linda la vida.

Sigo cruzando calles, mi iPod sigue transmitiendo la música y ahora el que suena es James Mercer, uno de los compositores más irreales y subvalorados del gran país del norte. “We’ve no time to start a protocol to have us in”, canta el buen capitán Mercer y yo, a ratos, le encuentro mucha razón. Sigo caminando, sigo cruzando calles, sigo pasando canciones y a nadie parece importarle; son pequeñas revoluciones internas, pequeños saltos hacia adentro que nadie llegaría a entender.

Las personas no parecen lo que son, siento que se transforman con cada paso que dan, como que tienen cosas que quieren ocultar para no sentirse menos; siempre he sentido que eso es una pelotudez de las grandes, de las que desencajan la vida y te ponen en jaque al momento de querer ser tú. Mientras sigo avanzando la gente empieza a transitar más rápido y más fluido, estoy (casi) seguro que es por la hora, ya son (casi) las nueve y todo parecer moverse a velocidad 8x.

Los puentes se están llenando y frente a mis ojos hay dos señoras que no quieren subir la velocidad. Intento pasarlas por el lado pero la calle se hace angosta. Su conversación es intensa, se nota en la forma en que mueven los brazos, en la forma en que sus cuellos se mecen de lado a lado y la forma que tienen de tomar el siguiente paso. El tema no lo sé, pero estoy seguro que debe ser una banalidad del tipo “me duelen la piernas ¿qué puede ser? O “a mí me gustan las rozas, a ti te gustan las orquídeas”, excentricidades que no van al caso, no a mi caso por lo menos.

En este segundo siento que las distancias se hacen más cortas, ya han pasado varias horas desde que salí de mi casa, varias emociones desde que arranqué de ese lugar. Viña de Mar se cae sobre sí misma y no hay mucho que yo pueda hacer. Miro mi iPod y como (casi) siempre la luz de la batería está parpadeando. “Low Battery” es uno de los mensajes que más odio de la globalización.  Ese sencillo texto, compuesto de dos simples palabras puede gatillar en mí una sensación de ahogo y de soledad tremenda. “Chucha”, es lo primero que se me ocurre decir cuando me doy cuenta que mi iPod tiene de aliado a mi celular y se pusieron de acuerdo empezar a perder carga en un segundo como éste.

Creo que lo que me queda por caminar es poco, ya siento que estoy (casi) en la mitad de mi trayecto y no hay nada más que avanzar. A 6 cuadras está el mar, los autos, las luces apagadas y el glamour de un edificio al cual nunca he entrado. Más adelante no se distingue nada, pero dudo que me llegue a importar. Caminar en línea recta nunca ha sido lo mío. Mi iPod se vuelve insistente, las luces ya no prenden, el mensaje aparece incesante y el volumen de las canciones decae a cada minuto. Esto si es soledad. Sin mencionar que mi celular me tira un mensajito mortal cada dos minutos exactos.

Las calles ahora se hacen más pequeñas, parece que ya no queda nada. El día, para muchos, recién está comenzando. Son (casi) las 1 de la tarde y planeo qué hacer en el tiempo que me queda. No quiero seguir caminando, pero siento que no tengo otra posibilidad. Caminar siempre ha sido un método de escape, una vía hacia mundos desconocidos y otros por conocer. Caminar es el motor primordial, ahora no lo pretendo abandonar.

Las baterías se siguen rindiendo ante la implicancia del tiempo. Siempre me pasa, nunca me acuerdo de cargar los aparatos antes de salir de casa. Hoy salí apurado, puede que me sirva de excusa para alguien, pero al momento de querer convencerme a mí mismo soy el peor. No hay razón que valga la pena. Para mí siempre seré un lento. “Low Battery” por dos. Ahora sí que no me queda nada.

Las últimas calles ya se sienten menos nuevas, las personas tienen las mismas caras que hace dos horas atrás, la ciudad se consume de a poco y, como lo dije antes, no hay nada que yo pueda hacer. Y fervientemente creo que tú tampoco. Las horas pasan volando, son casi las tres y el stand-by de la tecnología ayuda a las baterías a sobrevivir. Sería genial si hubiera algo así para los humanos, un stand-by, un período de pausa, de relajo.

Son las 3 de la tarde, las tiendas están cerradas, la música acaba de desaparecer de mis oídos y creo que no recibiré más llamadas en un buen rato. Las baterías se consumieron al igual que mis ganas de seguir con esto. Ahora creo que es tiempo de volver al inicio. Caminar siempre fue un método de escapar, pero en el fondo todos tenemos claro que caminar también sirve para volver a el lugar de donde partimos, de donde somos, de donde venimos.

3 Responses to “(Casi)”

  1. Mun* Says:

    por qué tantos “casi”? eres mi “casi” amigo? creo que no nos hemos visto más de 1 hora esta semana, y esa hora contando onda las clases, donde cada uno está por su lado hola y chao. tuc, no me agrada. siento lo del otro día, te juro que sí, me quedó dando vueltas y vueltas y no logro resolverlo, quizás en verdad no me conozcas nada… pero eso qué da? a veces es mejor no saber tanto.

  2. Milhouses Says:

    no entendí el sentido del texto…
    pero lo que yo sé es que a mi no me sirve caminar pues mis problemas no son materiales :/
    en fin.
    aparte después me canso y me duelen las piernas y los más probable es que me empiece a sudar el cuello y a picar el pelo, lo cual es bastante incomodo.
    en fin
    saludos diego

  3. Yazmín xD Says:

    buen relato. detallista, observador y casi íntimo. cada vez ke me bajo de la micro siento lo mismo ke tú; ‘low battery’ es el peor mensaje y me ahoga, igual ke a tí. al final, sé ke habrán cosas extremadamente definitorias e inservibles ke para nosotros, pertenecer a esta generación, será tan burdo como emocionante. como ese mensaje de mierda ke me da mi mp4.

    :*


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